PERET, YO SOY LA RUMBA

 

De los corrales de Mataró (“donde solo había ratas y hambre”) a la calle de la Cera del Raval; de los años mozos entre prostitutas, partidas de cartas y venta ambulante a los bolos para los turistas de Calella; de la invención de una nueva y juerguista rumba gitana que bebía de Pérez Prado y Elvis (muy diferente a la rumba flamenca que hacían los demás) al campanazo con “Borriquito” y las giras internacionales junto a sus fieles palmeros, el Toni y el Huesos; de la actuación forzosa en Eurovisión a su largo retiro para convertirse en pastor evangelista y su sonado retorno junto a Los Amaya y Los Chipén. Dios, la familia y la rumba es el triunvirato que preside una película que no rehúye explicar la amargura con la que Peret vivió la absurda polémica por la paternidad de la rumba catalana con la que algunos querían enfrentarle a “el Pescadilla”. Ni describir una personalidad compleja, fruto de la tensión entre mundo gitano y mundo payo, entre pobreza y riqueza, entre verdad y picaresca.


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